Temblor cuántico
Notas sobre Riesgo eléctrico de Adriana Bañares
Hace unos días se presentó en Madrid el poemario Riesgo eléctrico, publicado por la Editorial Páramo y escrito por Adriana Bañares. Digo se presentó pero en realidad tuve la suerte de estar a cargo de la presentación y escribí un texto para sostener y compartir algunas de las impresiones que había dejado en mí su lectura y su relectura.
Dice Úrsula K. Le Guin en un breve y fantástico ensayo titulado Hacer mundos que “Una artista hace del mundo su mundo. Una artista hace de su mundo el mundo. Por un momento. Por el tiempo que toma observar o escuchar o ver o leer la obra de arte. Como un cristal de cuarzo, la obra de arte parece contener el todo y sugerir eternidad. Y sin embargo es solo el bosquejo cartográfico de un explorador. Un mapa de litorales en una costa brumosa”.
Elegí este extracto del texto de Úrsula porque contiene algunas de las claves que yo le veo al poemario. Por ejemplo: Adriana ofrece en Riesgo eléctrico la visión de un mundo o cuanto menos de un territorio. Un territorio desde el que es posible observar el tiempo como un paisaje que sucede en otro lugar. Dice en un verso de la página 24 “Intentar parar el tiempo”, en la 28 insiste “el tiempo era una piedra inamovible”. Y es que el espacio del poemario es un espacio fronterizo, casi un puesto de vigía en medio de una densa niebla.
¿No es así también el espacio anterior al amor?
El espacio distorsionado del todo o nada, del siempre y el nunca,
del tan fácil o demasiado difícil.
Me voy a apoyar en otra gran escritora para tratar de mostrar lo que yo veo en Riesgo eléctrico. Dice Anne Carson en su ensayo Eros dulce y amargo: “Eros es un conflicto de fronteras. Existe porque existen ciertas fronteras. En el intervalo entre intentar alcanzar y asir, entre la mirada y la contramirada, entre el «Te quiero» y «Yo también te quiero», cobra vida la presencia ausente del deseo. Pero los límites del tiempo y de la mirada y del Te quiero son sólo réplicas de la frontera principal e inevitable que crea Eros: la de la carne y del ser que media entre tú y yo. Y no comprendo, hasta que, de repente, llega el momento en el que querría disolver esa frontera, que nunca podré”. En Riesgo eléctrico asistimos al territorio de la mirada, al territorio del deseo, al deseo de amor, al temor ante el amor, a la incertidumbre, el vértigo, la disolución, el calambrazo.
¿Es posible que la contemplación de una nuca pueda derivar en un conocimiento de uno mismo oculto hasta entonces?
Anne Carson también dice: “(…) Si seguimos la trayectoria de Eros, vemos que traza siempre la misma ruta: sale desde el que ama hacia el amado, luego rebota de nuevo hacia el que ama y el hueco que hay en él, antes inadvertido. ¿Quién es el sujeto real de la mayoría de los poemas de amor? No es el amado, es ese hueco.”
En el hueco Adriana articula la idea del amor a través del condicional ¿Qué tendría que pasar para que se diera el amor? ¿Cuáles son las condiciones favorables o adversas para el amor?
El tendría y el debería son la ensoñación de otro lugar sin tiempo.
El amor se sitúa fuera del hueco como un futurible o un preterible.
El mundo que Adriana Bañares despliega en este poemario es el previo al salto: Cierra los ojos, has vuelto al pasado, eres una criatura tierna que espera su turno para lanzarse al agua desde una piedra o un trampolín. El tiempo se dilata, contiene su pulso. A la espalda las voces apremian, instan, animan, presionan, ante ti la caída y un nuevo medio, el agua, donde apenas sabes sostenerte.
¿No se percibe así la posibilidad del nuevo amor? ¿La ocasión de un nuevo tú en un medio apenas conocido? Imagina ahora que no saltas, que te quedas en ese lugar previo, que haces de ese lugar tu lugar para la enunciación, para la elucubración, para el deseo.
Riesgo eléctrico es un poemario donde se encarna la distorsión fascinada del espacio, se encarna la mujer de Lot (que la poeta Salomé Ballestero, en su poemario Pues con solo ver tu pequeña capa estoy contenta, nos dice que se llama Edith), se encarna también Eurídice y la posibilidad de que su deseo fuera la mirada y no, necesariamente, volver.


